Entre todos los que estaban ahí, había uno que despertaba pero no dormía.
La muerte lo esperaba al nacer.
Una voz,
simultaneamente,
Llegaba desde la multitud y desde la soledad
y arrastraba consigo cada palabra de una manera extrañamente hermosa.
Sufría el Mal del Escritor: su corazón se había cortado con papel.
¿Cómo podría detenerse?
¿Cómo sentirse decepcionado de aquellos que nunca le prometieron nada?
Caminó buscando abrigo de la lluvia
y, cuando reaccionó, había llegado al bosque.
Allí los árboles susurraron cantos de terror.
Su piel fue surcada por el filo de las ramas pardas.
La sabia lo curó y floreció en él.
Las ardillas se escondieron en su pelo y se trasformaron en preguntas,
y así se borró todo vestigio de solidez.
Olvidó la naturaleza humana que lo engaña,
el pulso de un mañana que nunca llegará,
los extraños códigos que creyó inventar.
La palidez del bosque lo llevó a creerse verde y eterno.
Cuando regreso a la ciudad, nadie pareció ver en él al hombre que despierta sin dormir
aunque todos lo reconocieron.
Que él crea ser lo que quiera creer que sea,
lo que realmente es no lo puede ocultar.
Por más que mutes mil veces,
por más que vivas lo suficiente como para descubrir todos los secretos,
no podrá ser otra cosa
Que la suma entre lo que inventaste que sos
Y lo que odias ser.
martes, 3 de junio de 2008
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