jueves, 17 de abril de 2008

La cabeza es una caja en movimiento

Lo feo del baldío son las baldosas rotas. Eso es lo que lo traslada a otro tiempo lejano y remoto. Eso y el aire pesado, denso, sopor de los charcos negros en donde se pudren cartones viejos.

La sed de estar parado mirando al frente, la poca osadía, el desparpajo. Sabia decisión encaravanarnos hasta estos lugares para terminar durmiendo en un lugar sin techo y con paredes pestilentes. Casi que ni valió la pena saltar el tapial para encontrarnos con los restos.

Entonces el baldío se transforma en antorchas y las antorchas en amaneceres plagados de moscas y de rayos del sol. Debajo el ejercito derrotado. Los cadáveres dejaron de sangrar y ahora comienzan a supurar. Los insectos se arremolinan, comen las partes blandas: Ojos, lengua, genitales. Eso es lo primero que un cuerpo pierde cuando se deja pudrir al aire libre. Pasan días y la panza comienza a hincharse, repleta como está de jugos. El cadáver engorda. Mientras, los insectos ya anidan en el cuerpo: Las cavidades son madrigueras de gusanos. Tan repletos están los agujeros que los resbaladizos habitantes caen y vuelven a subir. La cabeza es una caja en movimiento. Increíble como el movimiento vuelve ya sin vida. Los insectos están de parabienes: A esta altura ya están devorando las jugosas carnosidades del cerebro. Luego solo queda la descomposición.

El olor y la nausea nos vuelven el baldío, victima de asesinos históricos. En cada mechón de pasto crece el pasado y se arraiga. Como los gusanos.

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